Homenaje a Benito Espinosa
Cuanto más conocemos las cosas singulares, tanto más conocemos a Dios.Ética, parte V, proposición 24
El hombre y la eternidad
Dice Espinosa que nuestra alma posee necesariamente el
conocimiento de Dios.
1 Si bien
esto lo afirma con ciertas cualificaciones, a muchos les parecerá completamente
absurdo. Al fin y al cabo, en nuestra época se ha proclamado que la religión
es el opio del pueblo,
que Dios ha muerto
y no son pocos quienes
rechazan enérgicamente la creencia en Dios. Incluso a algunos que desearían
creer en Dios les resulta imposible hacerlo.
Pero no se trata de creer en Dios, sino de conocerlo, en la medida de las limitaciones humanas. Se cree en algo que nos cuentan pero no se ha visto y, si se ha perdido la confianza en el mensajero, no es posible creer. Conocer, sin embargo, es distinto. El conocimiento surge de la observación, ya sea directamente, como en el caso de las cosas materiales, ya sea indirectamente y tras un tiempo más o menos largo de reflexión, como cuando se conoce el carácter de una persona con la que se tiene trato cercano y frecuente.
Para entender a qué se refiere Espinosa es preciso, en primer lugar, tener en
cuenta que su idea de Dios no es personal, a diferencia de la de muchos
creyentes de las religiones abrahámicas. Para Espinosa, Dios no es un juez
ocupado en premiar a unos y castigar a otros, puesto que la
felicidad no es un premio que se otorga a la virtud, sino que es la virtud
misma
2 y, además, todo cuanto es, es en Dios,
3 lo cual incluye tanto lo que los seres
humanos consideran malo como lo que consideran bueno.
En segundo lugar, según Espinosa, la eternidad es la esencia
misma de Dios,
y el conocimiento necesario de Dios se da en
cuanto el alma se conoce a sí misma y conoce a su cuerpo desde la perspectiva
de la eternidad.
4 En otras
palabras, podríamos decir que cuando los seres humanos reflexionan sobre sí
mismos y sobre el mundo desde cierto punto de vista, y llegan a la intuición de
la eternidad, entonces conocen a Dios.
Todo tiene una causa
En efecto, desde que los seres humanos piensan, han ido más allá de la simple observación de las cosas y se han preguntado por sus causas. Han tenido, por tanto, la intuición de que todo tiene una causa, de que todas las cosas, incluyéndose a sí mismos, se deben poder explicar en relación a otras cosas anteriores. Es verdad que muchas de las explicaciones que los seres humanos han dado de las cosas han resultado ser falsas, pero tras cada error la búsqueda de las causas ha continuado, con la certeza de que si una se revelaba como errónea, otra había de ser verdadera.
Si todo tiene una causa, las causas mismas de las cosas han de tener a su vez
otras causas y, en palabras de Espinosa, así hasta el
infinito.
5 Esta intuición del
infinito, de la eternidad, dentro de la cual nuestras vidas son sólo un breve
eslabón de una cadena sin fin, tuvo que parecer completamente natural a
nuestros antepasados, quienes escribieron, por ejemplo, el mito de Sísifo, o
las múltiples leyendas acerca de seres inmortales.
En nuestra época, en cambio, la vanidad nos hace a veces creernos superiores a los seres humanos de épocas pasadas, y descartamos rápidamente como superstición todo lo que no comprendemos bien de ellos. Ni se nos ocurre pensar que nuestra visión podría ser más limitada que la suya en ciertos aspectos. Al contrario, dado que se nos ha tratado de adiestrar para tomar por reales sólo las cosas materiales, hay hoy en día muchos que rechazan la idea de eternidad e incluso la idea de causalidad.
El azar y el sinsentido
Así, de creer a ciertos científicos,
el universo surgió de la nada en
una gran explosión sin causa previa alguna, y toda la naturaleza es, en el
fondo, fruto del azar. Según ellos, al nivel más profundo de la realidad,
partículas de materia demasiado pequeñas para ser observadas con precisión
aparecen, se mueven de forma aleatoria y desaparecen, sin que se pueda jamás
saber exactamente por qué. Podemos decir algo acerca de estas partículas
únicamente utilizando la estadística, es decir, considerándolas en muy grandes
números. La certeza no sería posible y sólo tendríamos probabilidades como
forma de explicar el mundo.
Realmente parece como si estos científicos,
al enfrentarse a los límites
de lo que pueden conocer a través de sus investigaciones, se hubieran enfadado
y convencido a sí mismos de que el problema no está en sus métodos o en su
inteligencia, sino en la misma realidad, que en el fondo no tiene sentido.
Quien haya experimentado el orgullo y la soberbia que se dan con demasiada
frecuencia en los ambientes académicos creo que no se reirá por mucho tiempo de
esta hipótesis.
En cualquier caso, la incapacidad de conocer algo no significa que no exista. Cuando no es posible conocer en detalle a todos y cada uno de los individuos de un grupo muy grande, la estadística puede ser útil para conocer algunas otras cosas acerca del grupo en su conjunto, pero esto no significa que cada individuo no tenga una existencia propia y no se mueva por causas determinadas, aunque no podamos conocerlas.
Puede ser posible saber, por ejemplo, que aproximadamente la mitad de un grupo de personas prefiere comer arroz y la otra mitad prefiere comer pan, aunque no podamos saber lo que prefiere comer cada uno, quizás por ser el grupo demasiado grande para preguntar a todos, o quizás por otro motivo. Sin embargo, cada individuo del grupo sigue teniendo una preferencia personal, ya sea por el pan, ya sea por el arroz, y esta preferencia va a llevarles a actuar individualmente de determinada manera cuando se procuren la comida.
El poder del entendimiento
No hace falta tomar en serio, por tanto, a quien diga que las cosas suceden por
azar y que nuestra propia existencia no es necesaria. No pueden saberlo, y
menos aún si se proclaman científicos,
ya que un verdadero científico
debe tener una idea clara de las limitaciones de su ciencia. Aceptarlo
supondría, en cierto modo, la muerte de la curiosidad y, por consiguiente, la
muerte del ser humano como ser pensante.
Afortunadamente, la curiosidad, a pesar de no parecer útil en absoluto muchas veces, y hasta de conllevar un riesgo mortal otras veces, ha acompañado a la humanidad a lo largo de su historia, y esta época de incredulidad también pasará.
Quizás por esto dice Espinosa del hombre libre, o sea, del que se guía por la
razón, que su sabiduría no es una meditación de la muerte, sino
de la vida.
6 Efectivamente,
cuando uno se enfrenta con la pérdida entendiendo que, como todas las cosas, es
necesaria en virtud de una infinita conexión de causas,
7 logra padecer menos por ella.
Y cuando uno se conoce a sí mismo como pensamiento, es decir, conoce su alma y,
además, se conoce a sí mismo como parte del universo, sabe que existe un
aspecto del universo que no es material. Entonces, cuando uno sabe también que
el universo no tiene límites ni final, así mismo sabe que su alma no puede destruirse absolutamente con el cuerpo, sino que de ella
queda algo que es eterno.
8